viernes, 16 de abril de 2010

XXXI


Se sube en el ascensor. Otro día más que sabe que no parará en el séptimo. Pero hoy no puede demostrarlo, porque no está sola.

-A ver, hija, tenemos que ir a la ferretería a por clavos, a recoger los zapatos de tu madre, a la librería a ver si encontramos un regalo para tu hermano... ¿Algo más?

-A por pan y el periódico, papá.

-Es verdad, es verdad... ¿Tienes un boli? Me lo voy a apuntar, porque luego se nos olvida y...

Tintintin.

Sexto piso. Ya se han pasado, claro. Es evidente que no ha vuelto.

- ¡Hombre, Ramón! -saluda su padre al hombre que entra. Con su pelo cano y su boina de cuadros marrones, la sonrisa bonachona parece casi indispensable en su rostro.

-Buenos días -devuelve el saludo con gesto cansado y voz cascada de haber contado muchos cuentos.

-Que parece que no se acaba de ir el invierno, ¿eh?

Ella sonríe. Los adultos aún no se han enterado de que, a pesar del frío y las nubes, y esa lluvia perenne que casi cala más por dentro que por fuera, la primavera ha llegado ya.

-No, no, la verdad es que está siendo largo... ¡Qué ganas tenemos ya de un poco de sol! -todos sonríen con esa sonrisa amable de quien no tiene nada más que añadir- Bueno, y tú qué mayor estás, Miriam... ¿Cuántos años tienes ya?

-Diecisiete -contesta, con miedo a una racha de piropos del abuelillo simpático. No está de humor para aceptarlos.

-El que sí que estaba mayor era Sergio -interviene su padre-, ¿cuántos años tiene ya? ¿siete, ocho? Hace mucho que no le veo por aquí, Ramón, ¿qué le ha pasado a tu nieto?

-Mi hija le ha dado en adopción. Está en una casa de acogida.

Silencio.

Tintintin.

Más silencio.

Salen y se encaminan a la calle, a empaparse de lluvia de tristeza y lágrimas.